Declaración de fe

La Biblia

Creemos y enseñamos que, la Biblia está constituida por 66 libros, 39 pertenecientes al Antiguo Testamento y 27 al Nuevo Testamento, como ha sido reconocido históricamente por el protestantismo.

Su inspiración es considerada verbal, inerrante e infalible y la reconocemos como nuestra única autoridad en materia de fe y práctica. Sus verdades son eternas y absolutas (Mateo 24:35).

En el estudio de las Escrituras puede haber varias aplicaciones de algún pasaje en particular, pero hay solo una interpretación verdadera, cuyo significado debe ser encontrado al aplicar de manera diligente el método de interpretación literal-gramático-histórico, siempre bajo la iluminación del Espíritu Santo. (Juan 7:17 – 1° Corintios 2:7-15 – 1° Juan 2:20). Por lo cual, nuestra responsabilidad y llamado como creyentes es el estudio de las Escrituras para obtener la verdadera intención y significado de ellas.

Las Escrituras son el único fundamento a través del cual debemos medir todo lo que hacemos dentro y fuera de la Iglesia. (Hechos 20:32- Hebreos 4:12)

Por lo tanto, creemos y enseñamos la autoridad de la Biblia, cuyas enseñanzas deben ser creídas y obedecidas, sin depender del testimonio de ningún hombre o Iglesia, sino exclusivamente del testimonio de la Palabra de Dios. (2° Pedro 1:19, 21 – 2° Timoteo 3:16 – 1° Juan 5:9 – 1° Tesalonicenses 2:13)


Dios

Creemos y enseñamos que, el Dios de las Escrituras es único y verdadero, que existe eternamente, creador de todo lo que existe en el cielo y en la tierra. Es Santo, inmutable, eterno, inmortal, inescrutable, omnipresente, todopoderoso. Por lo tanto, Él no es semejante a ninguna persona o cosa en todo el universo. Dios tiene todo el poder, todo el conocimiento, toda la sabiduría.

Él es trascendente e inmanente sobre todo lo creado, por lo tanto, no se encuentra limitado en términos de conocimiento, poder y atributos (Salmos 90:2 – Salmos 139:7-12 – Santiago 1:17). Todo lo que ocurre o vaya a pasar está en el decreto de Dios; todas las cosas, al final, dan la Gloria a Dios.

Las Escrituras enseñan claramente que, Dios es uno en esencia y al mismo tiempo existe como tres personas divinas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Cada una con atributos personales distintos que tienen idéntica naturaleza y esencia, totalmente soberanas sobre la creación, la historia, la revelación, la salvación y el juicio final; cada uno igualmente merecedor de adoración, honor, alabanza y obediencia. (2° Corintios 13:14 – 1° Juan 5:7)


El Padre

Creemos y enseñamos que, Dios Padre, la primera persona de la trinidad, ordena y dispone todas las cosas conforme al consejo de su voluntad. (Salmos 145:8-9 – 1° Corintios 8:6 – Efesios 1:11)

Su paternidad es reconocida tanto en su rol como miembro de la Trinidad como también en cada creyente, a los cuales se nos ha dado el derecho de ser hijos de Dios (Juan 1:12 – Romanos 8:14-17).

Su control es soberano, y ejecutado providencialmente sobre toda la creación y a través de la historia completa de la redención, mediante el ejercicio de su omnisciencia y omnipotencia. (Salmos 103:19 – Romanos 11:36)

El Padre, desde la eternidad pasada, por el sabio y santo consejo de su voluntad, de manera libre e inalterable, ordenó cuanto existe y acontece. No obstante, creemos que el ser humano es responsable de sus acciones y que Dios no es autor de pecado (Santiago 1:13-17), ni se opone al ejercicio de la libertad del ser humano, en excepción de aquellos casos donde Él soberanamente lo ha decidido (Efesios 1:11 – Juan 19:11 – Romanos 9:15).


Jesucristo

Creemos y enseñamos que, Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad, es el Unigénito Hijo de Dios. Posee todos los atributos divinos, por lo cual es consubstancial y coeterno con el Padre (Juan 10:30 – Juan 14:9).

Él es el agente y propósito de la creación por medio de quien todas las cosas continúan existiendo y operando (Colosenses 1:15-17 – Juan 1:16), ya que todas las cosas fueron creadas por Él, por medio de Él y para Él. (Juan 1:3).

En la encarnación, Jesucristo, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres, pero sin pecado, siendo al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre (Filipenses 2:5-8 – Hebreos 4:15 – Hebreos 7:26).

Fue concebido por obra del Espíritu Santo y nació de María siendo aun virgen. (Lucas 1:27, 31, 35 – Gálatas 4:4)

Como profeta reveló al Padre perfectamente, como Sumo Sacerdote nos representa ante el Padre completamente, y como rey, gobierna eternamente (Juan 14:7 – Hechos 3:22 – Hebreos 4:14-15 – Lucas 1:33 – Salmos 2:6).

Él es la cabeza de la Iglesia, el heredero de todas las cosas, y el juez universal de la historia. (Efesios 5:23 – Hebreos 1:2 – 2° Corintios 5:10)

Jesucristo es quien nos representa ante el Padre, sobre quien Dios cargó la culpa de nuestros pecados (Isaías 53:5 – 2° Corintios 5:21). Él se ofreció voluntariamente para encarnarse y venir al mundo, sujetándose a la ley, la cual cumplió en su totalidad (Mateo 5:17 – Gálatas 4:4 – Salmos 40:7-8 – Filipenses 2:8). Fue crucificado, murió por nuestros pecados, fue sepultado y al tercer día resucitó corporalmente (Romanos 5:8 – 1° Corintios 15:3-4), ascendió al cielo y está sentado a la diestra del Padre intercediendo por nosotros (Romanos 8:34 – Hebreos 4:14), y en el tiempo designado volverá de manera gloriosa (Lucas 21:27 – Hechos 1:11 – Apocalipsis 1:7).


El Espíritu Santo

Creemos y enseñamos que, el Espíritu Santo, la tercera persona de la Trinidad, al igual que el Padre y el Hijo, existe desde la eternidad y ha estado operando y obrando desde entonces (Génesis 1:2 – Ezequiel 36:27 – Hebreos 9:14).

El Espíritu Santo posee todos los atributos de personalidad y deidad incluyendo intelecto (1° Corintios 2:10-13), emociones (Efesios 4:30), voluntad (1° Corintios 12:11), eternidad (Hebreos 9:14), omnipresencia (Salmos 139:7-10), omnisciencia (Isaías 40:13-14), omnipotencia (Romanos 15:13) y veracidad (Juan 16:13).

En todos los atributos divinos y en sustancia, Él es igual al Padre y al Hijo (Mateo 28:19 – Hechos 5:3-4; 28:25-26 – 1° Corintios 12:4-6 – 2° Corintios 13:14 – Hebreos 10:15-17).

El Espíritu Santo es el dador de la vida al hombre que está muerto en delitos y pecados, quien ha sido enviado a convencer al mundo de pecado, de justicia y de juicio (1° Pedro 1:3, 23 – Juan 16:7-8).

Él es el agente soberano y sobrenatural en nuestra regeneración (Juan 3:5-8), bautizándonos (insertándonos) a todos los creyentes en el cuerpo de Cristo (1° Corintios 12:13). Él mora en los creyentes, los santifica, los instruye, los capacita para el servicio y los sella hasta el día de la redención (Romanos 8:9 – Efesios 1:13 – 2° Corintios 3:6). Al hacer esto, Él glorifica a Jesucristo, pues nunca busca glorificarse a sí mismo (Juan 16:14).

El Espíritu Santo, junto con Cristo, distribuye a cada creyente dones espirituales por gracia y de manera soberana, según su sabio consejo, con el propósito de edificar el cuerpo de Cristo (1° Corintios 12:7-11 – Efesios 4:7, 11-12).

Todo creyente posee la presencia del Espíritu Santo, quien mora en él desde el momento de la salvación, y es deber de cada creyente que ha nacido de nuevo el ser lleno del Espíritu Santo, es decir, controlado y guiado por Él (1° Juan 2:20, 27 – Juan 16:13 – Romanos 8:9 – Efesios 5:18).


El hombre

Creemos y enseñamos que, el hombre fue creado por Dios, conforme a su imagen y semejanza, varón y hembra los creó; es por ello que entendemos a la luz de las Escrituras que estas enseñan la existencia de estos dos géneros únicamente (Génesis 1:27).

El hombre fue creado por Dios con la intención de que éste le glorificara, disfrutara de su comunión y viviera su vida en la voluntad de Dios, y a través de esto, cumpliera el propósito de Dios para el hombre en el mundo.

El hombre, al ser creado a imagen y semejanza de Dios, es un ser espiritual, moral, racional, emocional y con voluntad propia. Esto lo capacita para relacionarse con Dios y con los demás, para discernir el bien y el mal, para razonar, para experimentar emociones y para decidir su curso de acción dentro de los límites establecidos por Dios.

El hombre fue creado en completa inocencia, en un ambiente perfecto, pero por decisión propia, transgredió la voluntad de Dios. El resultado del pecado de Adán trajo como consecuencia sobre la humanidad una naturaleza pecaminosa, y con esto el hombre experimentó vergüenza (Génesis 3:7), temor (Génesis 3:8-10), pérdida de la comunión con Dios (Efesios 2:1), y muerte física (Romanos 5:12). Ahora es enemigo de Dios (Romanos 5:10) y esclavo del pecado (Romanos 6:17); está muerto en delitos y pecados (Efesios 2:1) y destituido de la gloria de Dios (Romanos 3:23), con una voluntad esclavizada (2° Timoteo 2:26) y un entendimiento entenebrecido (Efesios 4:18 – 2° Corintios 4:4).

Por lo tanto, todas las personas son pecadoras, no solo por imposición (pecado original), sino también por elección. Son incapaces por sí mismos de rectificar su condición y recuperar la antigua posición de inocencia, y están bajo condenación sin defensa y sin excusa ante Dios (Romanos 3:9-19, 23).


La salvación

Creemos y enseñamos que, las Escrituras nos instruyen que la salvación de los pecadores es totalmente de Dios por gracia, basada en la redención de Jesucristo y el mérito de su sangre derramada. Es para la Gloria de Dios y no está basada en méritos humanos u obras (Juan 1:12 – Efesios 1:7; 2:8-9 – 1° Pedro 1:18-19).

Jesús vivió una vida de perfecta obediencia y murió en sustitución nuestra como el Cordero de Dios, resucitó como el Rey de Reyes y Señor de Señores, obteniendo así el perdón de los pecados y la justificación para todos aquellos que creen en su nombre (2° Timoteo 1:9 – 1° Pedro 2:24;  3:18 – 1° Corintios 1:30; 15:3 – Romanos 3:24-25; 4:25; 5:6; 8:34; 14:9).

La salvación es el acto mediante el cual Dios, a través de su amor, misericordia y gracia, interviene de manera soberana dando a su Hijo para librar al hombre pecador de Su ira y permitirle posteriormente disfrutar de Su gloria y hasta llegar a ser coheredero con el Hijo de Dios.

La salvación tiene una dimensión pasada, presente y futura. En el pasado Dios nos justificó (Romanos 8:28-30) libertándonos de la pena del pecado (Romanos 6:23) y declarándonos justos (Gálatas 2:16 – Gálatas 3:10-14). En el presente nos santifica, librándonos del poder y/o dominio del pecado (2° Corintios 3:18) y formándonos progresivamente a la imagen de Cristo. Y en el futuro nos glorificará (Romanos 8:17 – Filipenses 3:21) donde seremos libertados de la presencia del pecado (Efesios 5:27).

Aunque la salvación es una decisión divina, el hombre es totalmente responsable de sus acciones, por lo cual dará cuentas a Dios por sus obras (Juan 3:36 – 2° Corintios 5:10 – Santiago 1:13-14). La elección soberana no contradice o niega la responsabilidad del hombre de arrepentirse y confiar en Cristo como Salvador y Señor (Ezequiel 18:23 – Juan 3:18-19 – Hechos 17:30 – Romanos 9:22-23 – 2° Tesalonicenses 2:10-12 – Apocalipsis 22:17).


La Iglesia

Creemos y enseñamos que, la formación de la iglesia comenzó en el día de Pentecostés (Hechos 2:1-21) y será completada cuando Cristo venga por los suyos (creyentes) en el arrebatamiento (1° Corintios 15:51-52 – 1° Tesalonicenses 4:13-18).

La autoridad suprema de la Iglesia es Cristo, el cual es la cabeza de ésta (Efesios 5:23 – Efesios 1:22). Por tanto, todo aquel que ha puesto su fe en Jesucristo como Señor y Salvador, es parte de la iglesia universal a través del bautismo del Espíritu Santo (1° Corintios 12:13). La iglesia es el cuerpo de Cristo y por tanto no puede ser separada de Él (Efesios 1:22-23 – Efesios 4:15-16 – Colosenses 1:18).

La Iglesia universal está compuesta por creyentes de toda raza, lengua y nación, que se congregan en iglesias locales a través de todo el mundo (Hechos 8:1 – 1° Corintios 16:19), en cumplimiento de la gran comisión, para adorar a Dios, proclamar su Palabra y contribuir al crecimiento de los Santos hasta la plenitud de Cristo. Por ello es de real importancia el congregarnos, para estimularnos al amor y las buenas obras (Hebreos 10:25). La iglesia debe cumplir el deber de proclamar el evangelio a toda criatura (Mateo 28:18-20).

Dios ha dispuesto de pastores, obispos y/o ancianos en cada iglesia local para guiar, velar y pastorear a su pueblo; quienes deben poseer un carácter irreprensible (1° Timoteo 3:1-13 – Tito 1:5-9 – 1° Pedro 5:1-3). El término pastor, obispo y anciano es utilizado en la Escritura indistintamente para referirse al mismo oficio. Los hombres que ejerzan esta responsabilidad deben tener un llamado de Dios, el cual debe ser reconocido por la iglesia en la medida en que el Espíritu Santo los va levantando, equipando y confirmando para la obra del ministerio.

Reconocemos la importancia del liderazgo femenino dentro de la iglesia: en la enseñanza, discipulado y formación espiritual de las mujeres, niños y adolescentes, así como en múltiples otras áreas. En este sentido, las mujeres podrían ser reconocidas como diaconisas dentro de la iglesia, tomando como referencia el caso de Febe en la carta a los Romanos (Romanos 16:1).

Los pastores son los líderes espirituales de la congregación y los diáconos tienen a su cargo asistir a los pastores con la administración y la organización de la iglesia (Efesios 4:11-12 – 1° Timoteo 5:17 – Hechos 14:23 – Hechos 6:3-4). La congregación debe someterse a sus pastores de manera piadosa como ordena la Escritura, entendiendo que estos velan por ellos, sabiendo que un día tendrán que dar cuenta delante de Dios (Hebreos 13:7, 17).

La Iglesia ha sido llamada a ser santa y sin mancha (Colosenses 1:22) y se le ha dado la responsabilidad de proclamar la obra de redención, es decir, el evangelio y de dar a conocer la sabiduría de Dios como columna y baluarte de la verdad (Efesios 3:10-11 – 1° Timoteo 3:15 – Mateo 28:18-20 – Apocalipsis 5:9).

Creemos en la autonomía de la iglesia local, la cual es libre de cualquier autoridad externa o control, con el derecho de gobernarse a sí misma y libre de interferencias de cualquier jerarquía de individuos u organizaciones (Tito 1:5). Es bíblico que las iglesias verdaderas cooperen entre ellas para la presentación y propagación de la fe. Sin embargo, cada iglesia local, a través de sus lideres (pastores y ancianos) y de su interpretación y aplicación de las Escrituras, determina la medida y método de cooperación. Los líderes deben definir los demás asuntos concernientes a membresía, políticas, disciplina y gobierno interno (Hechos 15:19-31 – 1° Corintios 5:4-7 – 1° Pedro 5:1-4).

El propósito de la Iglesia es glorificar a Dios (Efesios 3:21) al edificarse a sí misma en la fe (Efesios 4:13-16), ser instruida en la Palabra de Dios (2° Timoteo 2:2; 3:16-17), tener comunión (Hechos 2:47), guardar las ordenanzas (Lucas 22:19 – Hechos 2:38-42), extender y proclamar el evangelio al mundo entero (Mateo 28:19 – Hechos 1:8; 2:42).


Las ordenanzas

Creemos y enseñamos que, a la iglesia local se le han dado dos ordenanzas: El Bautismo y la Santa Cena (Hechos 2:38-42).

El bautismo

El bautismo cristiano por inmersión es el testimonio solemne y hermoso de un creyente que muestra su fe en el Salvador crucificado, sepultado y resucitado, y su unión con Él en la muerte al pecado y la resurrección a una nueva vida. También es un signo de comunión e identificación con el Cuerpo visible de Cristo (Mateo 28:19 – Hechos 2:38-42).

Cada creyente debe ser bautizado voluntariamente como testimonio público de su fe y no como vía de salvación (Mateo 28:19 – Efesios 2:8-9).

La santa cena

La Cena del Señor es la conmemoración y proclamación de Su muerte hasta que Él venga, y siempre debe ser precedida por un autoexamen solemne. También creemos que, mientras que los elementos de la Comunión son sólo representativos de la carne y la sangre de Cristo, la participación en la Cena del Señor es, sin embargo, una comunión real con Cristo resucitado que mora en cada creyente, y por lo tanto está presente en comunión con su pueblo (1° Corintios 10:16 – 1° Corintios 11:28-32).

La Santa Cena fue instituida por Jesús la noche antes de ser crucificado (Mateo 26:26-30) para que fuese celebrada por creyentes bautizados por inmersión de manera regular con una frecuencia determinada por cada iglesia local, y como un recordatorio de lo que Él haría por nosotros al día siguiente en el Calvario (Lucas 22:19-20 – 1° Corintios 11:26).


Los eventos de los últimos tiempos

Creemos y enseñamos que, nuestro Señor Jesucristo arrebatará a su Iglesia de esta tierra antes de la tribulación de siete años (1° Tesalonicenses 4:15-16 – Tito 2:13 – Juan 14:1-3 – 1° Corintios 15:51-53) para recibirla en las nubes (1° Tesalonicenses 4:13-18 – 1° Corintios 15:51-54).

Nadie conoce el tiempo exacto de este acontecimiento (Mateo 24:44; 25:13), y el creyente debe esperarlo con expectativa, gozo y entusiasmo (Apocalipsis 22:20 – Tito 2:12-13). Este acontecimiento será precedido por señales de diferentes tipos (Mateo 24:32-39). De éstas, la predicación del evangelio a todo el mundo anunciada por Cristo es clara y convincente (Mateo 24:14).

Las Escrituras afirman que habrá una gran tribulación (Marcos 13:7-8, 19-20 – Mateo 24:21 – Lucas 21:20-24 – Daniel 12:1), en donde habrá falsos profetas (Mateo 24:23-24), señales en los cielos (Mateo 24:29-30), el levantamiento de una gran apostasía (2° Timoteo 3:1-5 – Mateo 24:5,11) y la aparición del Anticristo (2° Tesalonicenses 2:1-10).

Después del periodo de tribulación, Cristo vendrá a la tierra a ocupar el trono de David (Mateo 25:31 – Lucas 1:31-33 – Hechos 1:10-11; 2:29-30) y establecerá su reino mesiánico por mil años sobre la tierra (Apocalipsis 20:1-7). Durante este período Satanás será atado, y pasado este tiempo, será desatado y congregará a multitudes de incrédulos para hacer guerra contra el Señor (Apocalipsis 20:7-9). En esta batalla final, Satanás será derrotado para siempre y arrojado al lago de fuego y azufre, donde también estarán la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos (Apocalipsis 20:10).

Cristo, quien es el juez de todos los hombres (Juan 5:22), resucitará y juzgará a los grandes y pequeños en el juicio del gran trono blanco. Esta resurrección de los muertos no salvos a juicio será una resurrección física, y después de recibir su juicio (Apocalipsis 20:11-13), serán entregados a un castigo eterno consciente en el lago de fuego (Mateo 25:41 – Apocalipsis 20:15).

Los salvos entrarán al estado eterno de gloria con Dios, después del cual los elementos de esta tierra se disolverán (2° Pedro 3:10) y serán reemplazados con una tierra nueva en donde sólo mora la justicia (Apocalipsis 21:4). Después de esto, la ciudad celestial descenderá del cielo (Apocalipsis 21:2) y será el lugar en el que moren los santos, en donde disfrutarán de la comunión con Dios y de la comunión mutua para siempre (Apocalipsis caps.21-22).


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